lunes, 7 de marzo de 2022

A LA BÁSCULA

Mataron al futbol

Julián Parra Ibarra

Mi gusto y afición por el futbol me llevaron a abrazar, desde muy joven, el que Gabriel García Márquez definió como ‘el mejor oficio del mundo’.

Durante casi un cuarto de siglo ejercí el periodismo deportivo en varios medios de comunicación, en La Opinión de Torreón, El Norte de Monterrey, el Esto en la Ciudad de México, el a.m. en León, además de mi participación en diversos programas deportivos de radio y televisión.

Una gran parte de mi vida la disfruté en un estadio de futbol, porque además de mi pasión por el futbol, mi pasión por el periodismo, se conjugaron para que viviera una de las más hermosas etapas de mi vida, personal y profesional.

Cubrí no sé cuántos partidos -con el tanteómetro’, calculo que fueron entre 750 y 800- desde la Tercera, Segunda División ‘B’, Segunda División ‘A’, y de Primera División, hasta partidos de Copa del Mundo. Liguillas, finales, juegos amistosos. Cubrí para los diferentes medios en los que laboré partidos en cualquier cantidad de estadios, desde el Azteca, el Jalisco, el de C.U., en el llamado estadio Azulgrana -después llamado Azul-, en el 3 de marzo, en el Corregidora, el Nou Camp, el de Celaya, el de Irapuato, el de Morelia, el de Puebla, el de Toluca, el Tec de Monterrey, el Universitario de Nuevo León, y por supuesto en el viejo y el nuevo Estadio Corona de Torreón, entre muchos otros.

En los años recientes, no sé a cuantos partidos hemos asistido al estadio ya como aficionados, mi esposa, mi hijo más pequeño –casi casi desde que era un bebé-, y yo.

Siempre, siempre, siempre, he sostenido que no hay gremio más solidario que el del futbol; que a donde quiera que uno vaya y haya gente de futbol –en el área que sea, directivo, cuerpo técnico, jugadores, periodistas-, uno jamás se siente ni estará solo ni desprotegido.

Por ello, ver las imágenes de lo que ocurrió este sábado en el estadio de Querétaro, me provoca un gran dolor, una gran impotencia. Es algo verdaderamente increíble, inverosímil, vergonzoso, doloroso. Pero también tengo que precisar que esto no es el futbol del que yo me enamoré, este no es el futbol que yo conocí en mi infancia en las gradas del San Isidro, donde había hasta una sección infantil, atrás de la portería, en la que entrábamos puros niños y pagábamos dos pesos por entrar. Este no es el futbol familiar del que yo tanto me contagié.

En muchísimos sentidos, aunque no hace muchos años que dejé la práctica del periodismo deportivo, el futbol ha venido cambiando en todos los sentidos. La misma cobertura periodística no es la misma que cuando yo lo ejercía y en más de una ocasión lo he comentado, que cómo las diferentes áreas que abarcan el futbol, entre ellos los medios de comunicación, han permitido que todo haya venido cambiando, desgraciadamente para mal. 

Uno no entiende cómo en, aras del negocio y el dinero, se vino permitiendo el ingreso, la formación y el aliento de las llamadas barras que sustituyeron a las porras de nuestro futbol. El escenario en nuestros estadios empezó a cambiar con cánticos y actitudes agresivas importadas desde otros países.

Las mismas formas de realizar las entrevistas con jugadores y técnicos después de los entrenamientos y los partidos es hoy algo totalmente diferente a como lo hacíamos todavía hace unos cuantos años. Todo, ahora, tiene que ver más con lo económico, con la mercadotécnica, más que con el deporte y el espectáculo familiar que había sido durante muchos años para muchos.

Los mismos accesos a los estadios, son ahora para ciertos niveles económicos, ya no cualquiera puede acceder a los estadios con los costos que ahora tienen los boletos. En muchos estadios muchos jóvenes acuden para tomarse las fotos, para verse con los amigos, y muy poco para ver el futbol y para apoyar a su equipo.

Pero es increíble que mientras más se paga por entrar a los estadios, la ‘industria del futbol’ –otro de los muchos términos que han cambiado y que ahora se usan-, menos invierte en la seguridad para los aficionados. 

Este, definitivamente, no es el futbol del que yo me enamoré siendo un niño, y al que le agradezco que, por mi afición, desde hace ya un buen número de años estoy en los medios de comunicación. Y si me parecía desde hace un buen tiempo que el futbol y todo lo que le rodea venía perdiendo su esencia, lo que ocurrió este sábado en Querétaro terminó por restregármelo de la manera más violenta en el rostro.

No, definitivamente, esto ya no es futbol, es la guerra, es la barbarie, son seres irracionales, desadaptados, delincuentes, criminales que han invadido los estadios, con la complacencia de los directivos porque así conviene a sus negocios.

Quizá suene a exageración, pero al futbol, al verdadero futbol que es fiesta, lo han venido matando de a poco los remedos de directivos que hoy sostienen las riendas de algo que fue bello y familiar. Y este sábado, en Querétaro, le dieron la puntilla.

Amo el futbol, pero en familia, mi esposa, mi hijo y yo, hemos acordado que hasta en tanto no cambien las cosas, no nos volveremos a parar en un estadio. Qué tristeza.

laotraplana@gmail.com.mx

@JulianParraIbarra

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